Sábado de la 18.ª semana «B» — 8 de agosto de 2026

Habacuc 1,12-2,4; Mateo 17, 14-20 

                                                                H O M I L I A 

          Hacía algún tiempo, Jesús había enviado a sus discípulos en misión, con la orden y el poder de anunciar la Buena Nueva, curar a los enfermos y expulsar a los demonios. Habían regresado llenos de alegría y orgullosos de que incluso los demonios les obedecieran.  En el Evangelio de hoy somos testigos de una de sus primeras derrotas, y también podemos observar lo que podríamos llamar la pedagogía de Jesús.

          Cuando Jesús los envió a la misión, no parece que les diera ni muchas explicaciones ni muchas instrucciones.  Simplemente les dijo lo que tenían que hacer y, sobre todo, insistió en la actitud que debían tener: una actitud de gran desapego y gran pobreza, pues no debían llevarse nada consigo salvo lo estrictamente necesario, es decir, lo que llevaban puesto.

          No parece que los discípulos se jactaran ante Jesús de no haber logrado expulsar a los demonios en algunos casos. Es el padre de un joven poseído quien lleva a su hijo ante Jesús suplicándole que lo libere. Y añade sencillamente, sin insistir: «Lo llevé ante tus discípulos, y no pudieron liberarlo».  En estas palabras no se percibe un tono de reproche, sino simplemente la fe en el poder superior de Jesús.

          Entonces los discípulos, sin duda un poco avergonzados, se acercan a Jesús y le preguntan: «¿Por qué no hemos podido?». Jesús no les reprocha ni que no lo hayan conseguido, ni que no le hayan contado su fracaso. Simplemente señala que la razón es que «vuestra fe es débil». Y sabemos que, en el Evangelio de Marcos, Jesús responde que ese tipo de demonio solo puede expulsarse mediante la oración y el ayuno.  Ya tenemos aquí una indicación del estrecho vínculo que existe entre la fe y la oración.

          La pedagogía de Jesús consiste en dejar que sus discípulos den sus primeros pasos con un mínimo de instrucción y, a continuación, analizar con ellos por qué no lo han conseguido, al tiempo que les recomienda dar gloria a Dios cuando lo logran. Así es como Dios se comporta con nosotros. Debemos aprender a gestionar tanto nuestros fracasos como nuestros éxitos.  Nuestros éxitos no deben hacernos orgullosos, sino llevarnos a dar gloria a Dios. Nuestros fracasos no deben abatirnos ni desanimarnos. Simplemente debemos acudir entonces a Jesús y decirle, como los discípulos del Evangelio de hoy: «¿Cómo es que no lo he conseguido?». Él nos lo hará comprender.

Armand Veilleux