2 de agosto de 2026 – 18º domingo del tiempo ordinario «A»
Is 55, 1-3; Rom 8, 35.37-39; Mt 14, 13-21
Homilía
En primer lugar, situemos este relato en el contexto que le da Mateo en su Evangelio. Es un momento difícil en la vida de Jesús. Por un lado, ha enseñado a las multitudes que le seguían utilizando numerosas parábolas, pero la gente ha hecho oídos sordos a su mensaje. Por otro lado, acaba de enterarse de que Herodes, quien mandó decapitar a Juan el Bautista, cree que él, Jesús, es Juan el Bautista resucitado de entre los muertos. Jesús, cuya hora aún no ha llegado, se sube entonces a una barca para retirarse a un lugar solitario. Pero he aquí que las multitudes —esas mismas multitudes que se mostraban sordas a sus enseñanzas— descubren dónde está, sin duda fascinadas por el mensajero, aunque no capten el mensaje. Algo parecido a lo que ocurre en las grandes concentraciones religiosas de todos los tiempos, incluida la nuestra.