11 de agosto de 2026 -- Martes de la 19ª semana “B”
Ezequiel 2:8 -- 3:4; Mateo 18:1-5. 10. 12-14
Homilía
Los discípulos de Jesús siempre estaban preocupados por saber quién de ellos sería el más grande en el Reino de los cielos. El Evangelio de hoy nos ofrece dos respuestas de Jesús a esta preocupación de sus discípulos. En la primera, les invita a volver a ser como niños pequeños.
Ante todo, notemos que no les invita a seguir siendo como niños pequeños, es decir, a seguir comportándose toda la vida de forma infantil e inmadura. Al contrario, les invita a volverse como niños pequeños, lo que es mucho más exigente.
Es fácil seguir siendo un niño toda la vida -- y bastante común, de hecho. Convertirse en un niño es mucho más difícil. Porque primero hay que convertirse en adulto y luego, a través de un largo proceso de purificación y desapego, adquirir de nuevo las cualidades de la infancia. Estas cualidades son las de la sencillez, la pureza de corazón, la espontaneidad, la apertura y la verdad.
Éstas son las virtudes en las que Jesús se esforzó por formar a sus Apóstoles. Por eso, a menudo en el Evangelio, cuando habla de «estos pequeños», se refiere a sus Apóstoles.
En la segunda parte del texto, Jesús invita a sus Apóstoles y a todos nosotros a ser como niños pequeños, como él mismo, sabiendo no sólo anteponer el cuidado de la oveja perdida al cuidado de todas nuestras demás posesiones, sino también a alegrarnos cuando la oveja perdida ha sido encontrada. Recordemos que, en la parábola del hijo pródigo, al segundo hijo (el que se quedó en casa) se le reprocha no poder participar en la fiesta y alegrarse del regreso de su hermano.
Si hoy estamos aquí y podemos celebrar la Eucaristía, ¿no será porque un día el Señor dejó a las otras 99 ovejas para venir en nuestra busca?
- Y hacemos hoy la memoria de santa Clara.
Armand Veilleux
