13 de octubre de 2026 – martes de la 28.ª semana del Tiempo Ordinario

Ml 1,14b - 2,1.2b.8-10; 1 Ts 2,7b-9.13; Mt 23,1-12 

Homilía

           ¡Las dos lecturas que acabamos de escuchar son tan claras que apenas necesitan comentario!

           La actitud de Jesús hacia el Fariseo que le había invitado a comer en su casa, y hacia los Fariseos en general, en el relato evangélico que hemos leído, es de una severidad que rara vez se encuentra en sus palabras.  Esto pone de manifiesto la importancia del mensaje que transmiten sus palabras.

           Jesús está lleno de comprensión y misericordia hacia toda debilidad humana. Pero es muy severo con cualquier forma de hipocresía. Y de hipocresía se trata en este relato.

           La práctica de la ley —de cualquier ley, y por tanto también de nuestras normas monásticas— solo tiene sentido si se corresponde verdaderamente con una disposición del corazón.

           El mismo mensaje nos lo transmiten las palabras de Pablo a los Gálatas sobre la circuncisión. No nos salva ningún rito ni ninguna observancia en absoluto. La salvación es un puro don de Dios, un gesto de amor que solo pide ser recibido con amor. Toda observancia de la Ley cobra sentido cuando es expresión de ese amor.

Armand Veilleux