27 de julio de 2022 -- Miércoles de la 17ª semana "B

Jeremías 15:10. 16-21; Mateo 13:44-46

Homilía

Jeremías sólo existe para una cosa: la Palabra de Dios.  Fue esta Palabra, cuando la escuchó por primera vez, la que le dio su misión de profeta.  Se aficionó a ella hasta el punto de devorarla: "En cuanto encontré tus palabras, las devoré", dice.  En esta Palabra encuentra no sólo su alimento, sino también su alegría: "Tu palabra me ha alegrado, me ha hecho profundamente feliz".  El Padre ha pronunciado su nombre sobre él y lo ha consagrado a sí mismo: "Tu nombre ha sido proclamado sobre mí, Señor, Dios de los poderes".  En consecuencia, ya no puede buscar su alegría en los placeres ordinarios de la vida: "No buscaré mi alegría juntándome con los que se divierten".

            De forma menos dramática, quizás, esto es un poco la historia de la vocación de cada uno de nosotros.  Un día escuchamos la llamada de Dios, la Palabra que nos llamó a cada uno por su nombre.  Nos consagró o nos apartó (que es el significado de la consagración monástica).  A partir de ahora, aunque queramos, ya no podremos encontrar nuestra felicidad en las cosas ordinarias de la vida.  Podemos encontrar esta felicidad escuchando su palabra, haciendo de ella nuestro alimento diario.

            A Jeremías se le había encomendado la misión no sólo de recibir la Palabra, sino de transmitirla a su pueblo.  Esta Palabra le hizo entrar en conflicto con la gente que le perseguía.  Tuvo la tentación de huir de la Palabra y de su misión.  A veces se siente "utilizado" por Dios, si no engañado... Le gustaría huir de su misión.  Dios le llama y le promete ser su defensor contra todos los ataques, ser su roca y su fuerza.

            En el Evangelio escuchamos la parábola de la perla perdida y encontrada. Esta perla es tan hermosa que el mercader que la descubre va y vende todo lo que tiene para conseguirla.  Sólo seremos verdaderamente felices en nuestra vocación (monástica) si consideramos la Palabra de Dios que se nos ha dirigido como una perla preciosa.  Entonces, como el mercader del Evangelio, o como San Antonio de Egipto y tantos otros, venderemos todo lo demás, nos desharemos de todo, incluso de nosotros mismos, para poseer plenamente esta perla.  Entonces todas las pruebas que podamos tener, como Jeremías, serán fáciles de soportar y encontraremos en la Palabra de Dios la alegría inefable que nos permitirá correr con el corazón lleno, como dice San Benito, en nuestra vocación (monástica).