27 de noviembre de 2022, Scourmont

Primer domingo de Adviento "A"

Is 2,1-5 ; Rm 13,11.14 ; Mt 24,37-44

Homilía

El evangelista Mateo organiza su Evangelio en torno a varios discursos importantes de Jesús. Al principio de su libro, en lo que llamamos el Sermón de la Montaña, del que las Bienaventuranzas son el corazón, agrupa varias enseñanzas de Jesús sobre la oración, la limosna, el ayuno y muchos otros temas fundamentales. Luego, al final del Evangelio, cuando Jesús ya ha entrado en Jerusalén, ha expulsado a los vendedores del Templo y ha tenido un violento enfrentamiento con los fariseos, y cuando sabe que su fin está cerca, Mateo relata uno tras otros varios discursos de Jesús sobre el fin de toda vida humana, empezando por la suya.

          Cuando se escribió este texto en su forma actual, ya se había vivido la persecución de Nerón y muchos cristianos, entre ellos Pedro y Pablo, habían sido víctimas del Anticristo.  Jerusalén había sido devastada y muchos judíos habían sido asesinados y los que quedaban habían sido deportados de nuevo.  Todos estos acontecimientos obligaron a los cristianos a considerar más cuidadosamente que nunca el sentido de la historia y a releer lo que los profetas habían predicho, en textos como el Tercer Isaías, que tuvimos como primera lectura.

          En los primeros siglos después de la muerte de Jesús, los cristianos estaban convencidos de que el Señor volvería cualquier día como Juez del universo y pondría fin a la historia.  El primer siglo, en particular, se vivió como un largo período de Adviento, es decir, como un largo período de retorno del Señor.  Estos cristianos tenían poco interés en crear estructuras eclesiásticas como las que se crearían más tarde.   Estaban convencidos de que el tiempo en el que vivían -el tiempo real, no el tiempo simbólico- era como un arco tensado en dirección a la realización definitiva de la historia. 

          Esta es la primera lección que hay que entender: El Adviento no es, de hecho, un periodo de cuatro semanas durante el cual vamos a leer textos diferentes del resto del año.  El Adviento es una virtud, una actitud que consiste en interpretar todo lo que sucede en nuestra vida cotidiana, mirando más allá del final de nuestras narices y tratando de ver todo lo que nos sucede en la perspectiva de la historia y de la meta hacia la que se dirige.

          En el texto que acabamos de leer, Jesús pide una actitud de "vigilancia" y "atención".  Debemos vivir con los ojos abiertos y las manos extendidas.  Es hora de hacer lo que hizo Noé cuando vio venir el diluvio y se preparó para ello, a pesar de la ironía que le ofrecieron sus conciudadanos.

          La vigilancia, en el espíritu de este texto evangélico, no es, pues, una espera pasiva del regreso del Señor en una oración de quietud. Es la solidaridad con Jesús y la participación en su sufrimiento y muerte.  También es solidaridad con todas las personas desafortunadas con las que ha decidido identificarse, especialmente con todas las que, como él, son víctimas de la violencia. 

          En el contexto de los numerosos conflictos armados que aún hoy desfiguran a la humanidad, la profecía de Isaías (1ª lectura) resuena como un enorme reproche, pero también como el fundamento de nuestra esperanza.  "Con sus espadas forjarán rejas de arado, y con sus lanzas hoces", profetizó Isaías, " no levantará espada nación contra nación, ni se entrenará para la guerra. “         

         ¿Por qué se está cumpliendo ante nuestros ojos justo lo contrario de esta profecía?  ¿Por qué es así? - Probablemente porque, colectivamente, no hemos estado vigilantes.  No hemos sido solidarios con Jesús moribundo. No hemos sido solidarios con los pobres.  Hemos institucionalizado las relaciones de injusticia entre sectores de la humanidad.  No hemos estado atentos ni a la queja de los oprimidos ni a la arrogancia de los opresores. 

         La utopía de Isaías es, como acabo de decir, el fundamento de nuestra esperanza.  De hecho, es el anuncio de la llegada del Mesías.  Ya ha venido, está presente entre nosotros y es el dueño de la historia.  Sin embargo, respeta nuestra libertad y nos deja dormitar, mientras nos reprocha de vez en cuando que lo hagamos: "Así que no habéis podido velar conmigo...", pero la victoria final de su reino de paz, comunión y armonía está asegurada.

         La victoria final depende de Él y sólo de Él.  Pero el momento en que se realice esa victoria depende de nosotros, pues es a través de nosotros que Él ha elegido realizarla.  La profecía de Isaías, que es un reproche y una fuente de esperanza, es también un recordatorio de una responsabilidad y una llamada a la vigilancia.  Cumplámoslo con obras de amor.

          Estar despierto no sólo significa no dormirse en los laureles, en la despreocupación, como en los tiempos de Noé, sino también velar con Jesús, acompañarlo en su subida a Jerusalén y en la cruz.  Significa no dejarle solo ante su muerte, la culminación de su lucha contra las estructuras injustas de nuestra sociedad.

Armand Veilleux