8 de marzo de 2026 -- III Domingo de Cuaresma "A"

Ex 17,3-7; Rom 5,1...8; Jn 4,5-42

Homilía

          Hay algo sorprendente en este Evangelio, y sin duda una lección para nosotros. Es que Jesús, al final, no recibió el agua que pedía. Estaba cansado y sediento y pidió agua a la Samaritana, diciéndole: "Dame de beber". Esta petición provoca una animada conversación entre ambos y, al final, la mujer se emociona tanto que deja allí su cántaro y corre a la ciudad para hablar de Jesús a la gente que encuentra. Si nos atenemos al relato tal como lo encontramos en el Evangelio, ella no sacó agua para Jesús antes de correr a la ciudad.  

          Probablemente haya una lección en esto. Nuestras necesidades crean en nosotros una apertura a la relación, y cuando las expresamos a alguien, establecemos una relación con esa persona. La relación en sí es más importante que la satisfacción de la necesidad. La relación de Jesús con la mujer samaritana era más importante para Él -y también para ella- que recibir o no agua para beber.

          Quizá éste sea también el sentido de la oración. Cuando expresamos a Dios todas nuestras necesidades, establecemos una relación entre Él y nosotros; y esta relación es mucho más importante que el hecho de recibir o no lo que le pedimos. En la Cruz, el Viernes Santo, Jesús gritará: "Tengo sed". Y tampoco recibirá agua para beber: sólo unas gotas de vinagre puestas en sus labios con una esponja en el extremo de un palo largo. Sin embargo, unos minutos después dirá: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

          El relato del libro del Éxodo describe al pueblo de Dios en el desierto. Están cansados, porque llevan mucho tiempo caminando y no tienen nada que comer. Por tanto, es bastante comprensible desde un punto de vista humano que se rebelen contra Dios, a pesar de que ya ha hecho tanto por ellos. Olvidan el pasado y los constantes cuidados de Dios por ellos y, con una violencia desmedida, empiezan a quejarse y dicen airadamente: "Danos de beber" (Éxodo 17:2). Este grito a Dios a través de Moisés podría haber sido un llamamiento confiado en un momento de prueba, una petición inspirada por el optimismo y segura de recibir una respuesta favorable. En realidad, era una especie de blasfemia pronunciada con desesperación. Y, sin embargo, Dios escuchó... Les dio agua de la roca.

          Es fácil relacionar esta historia con las palabras de Jesús sobre el "agua viva" en el Evangelio de Juan (4:5-42): "El que beba del agua que yo le daré... tendrá en él un manantial de vida eterna".

          Sin embargo, sería un error ver en el Evangelio de hoy sólo el tema del agua viva. Este Evangelio es mucho más rico que eso. Encontramos varios elementos cuidadosamente entrelazados. En efecto, el Evangelio de Juan está construido en torno a una serie de signos, cada uno de los cuales se explica mediante un discurso o un diálogo. Aquí tenemos dos signos y dos diálogos.

          En primer lugar, Jesús está cansado y pide pan a sus discípulos (v. 8). Cuando se lo traen, al final, les hace comprender que hay otro alimento (vv. 31-34). Del mismo modo, entre estos dos momentos, es decir, después de que los discípulos se hayan marchado y antes de que regresen, Jesús pide de beber a la samaritana (v. 7) y, cuando ella le responde con una serie de preguntas, él le habla de otro tipo de agua (vv. 13-14). Tenemos una transposición similar cuando pasa de mencionar el culto material -samaritano o judío- al culto en espíritu y verdad (vv. 20-24), y también cuando pide a sus discípulos que se fijen en la cosecha material, para prepararlos para la cosecha espiritual.

          La lección es doble. En primer lugar, que no debemos preocuparnos sólo por la comida y la bebida materiales, o por el culto externo y la cosecha, sino que debemos preocuparnos por la bebida espiritual, que es el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (véase la lectura de San Pablo), y por el alimento espiritual, que es hacer la voluntad de nuestro Padre, así como por el culto espiritual, que es dar testimonio de la Buena Nueva.

          La segunda lección, que quizá sea el núcleo del mensaje que tenemos aquí, es que estas dos dimensiones -la material y la espiritual- están tan esencialmente vinculadas entre sí que la segunda no puede existir sin la primera.

          Es importante observar que Jesús habla del agua viva sólo a una persona a la que ha pedido que dé de beber agua natural a un enemigo, y que menciona el pan eterno a sus discípulos sólo después de haberles enviado a buscar pan material para saciar su hambre física.

          Ésta es una lección importante para nosotros. Tenemos necesidades materiales y necesidades espirituales, y Dios se ocupa de ambas. Del mismo modo, nuestros hermanos y hermanas tienen necesidades materiales y necesidades espirituales, y nosotros también debemos ocuparnos de ambas. Si no satisfacemos las primeras, ¡no podemos pretender comprender las segundas!

Armand Veilleux