22 de agosto de 2026 – Sábado de la 20.ª semana del tiempo ordinario, año par
Ezequiel 43, 1-7; Mateo 23, 1-12
H o m i l i a
Queridos Hermanos y Hermanas,
La primera lectura, tomada del Libro de Ezequiel, nos transmite una sensación muy intensa de la presencia de Dios. Las imágenes son vívidas y dramáticas; pero el elemento principal es la afirmación final de Dios, que dice: «Hijo de hombre, este es el lugar de mi trono y el lugar de mis pies; allí habitaré, en medio de los hijos de Israel, para siempre». El elemento central de la espiritualidad del pueblo de Israel era ese sentido tan profundo de la presencia de Dios en su seno y en su historia. Y esto puede ayudarnos a comprender el texto del Evangelio que acabamos de leer.
El mensaje de Jesús es que tenemos un solo Padre, Dios, y un solo maestro, Cristo. En el cristianismo, toda forma de paternidad o maternidad espiritual es una participación en esa paternidad de Dios y de su Cristo. En este sentido, san Benito afirma que el abad —o la abadesa— es, en el monasterio, el representante o la representante de Cristo.
En las tradiciones espirituales orientales, como por ejemplo en el hinduismo, el gurú transmite su propia experiencia espiritual a sus discípulos. En el cristianismo, el maestro o la maestra espiritual no comparte con sus discípulos su propia experiencia; transmite la experiencia y la doctrina de Cristo. El padre o la madre espiritual no engendra a hijos e hijas espirituales de sí mismo o de sí misma; engendra a Cristo en sus discípulos.
De ahí se deriva todo el proceso del nacimiento y el crecimiento espirituales; y ese es el objetivo de la vida monástica: dejarnos transformar poco a poco a imagen de Cristo. Dejar que Cristo nazca y crezca en nosotros. Y por eso recibimos la Eucaristía.
Armand Veilleux
